Quizá me había equivocado, sabía que me había equivocado, pero aún así continué sonriendo, dejando que mi miedo desapareciese a través de mi sonrisa. Aquel hombre mantenía su rostro firme. Sus labios formaban casi una línea recta perfecta y sus pupilas no paraban de empequeñecer cada vez más. Un sudor frío recorrió mi frente llegando hasta mis sienes, donde lentamente desapareció. Acto seguido, el hombre levantó su mano y la posó con sorprendente delicadeza sobre mi hombro. A pesar de mi chaqueta, el frío helador de sus dedos traspasó la tela. Mi terror aumentaba con el paso de los segundos y no supe cómo reaccionar. Entonces, sus tersos labios dejaron escapar un suspiro acompañado de dos palabras: "nunca más". Y tras este mandato permitió mi huida hacia el final del pasillo, donde el anhelado sol de verano me esperaba.
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