Es curioso cómo un mismo problema puede tener tantos puntos de vista. No me gusta llamarlo problema, personalmente esa palabra la tengo demasiado vista, me da miedo. Llamémoslo tema.
Me acuerdo del día en el que exploté. Sentía que todo me pesaba demasiado, siempre triste, enfadada con el mundo y conmigo misma. Me estaba haciendo daño, en todos los sentidos en los en que alguien afirma lastimarse. Supongo que no me quería, no me quiero. Dicen que hay que aprender a convivir con uno mismo y eso es lo que intento hacer cada día, pero es difícil cuando te miras al espejo y sólo ves el reflejo de alguien que no cuadra bien con lo demás, como la parte desenfocada de una fotografía. Un poco de aquí, mucho de allá, todo sobra.
Recuerdo cuando de pequeña solían comprarme aquellas muñecas de papel para recortar, con sus vestidos, zapatos y gorros de colores. En esa etapa de mi vida decidí que yo quería ser así de mayor. Piernecitas delgadas y largas, pelo ondulado y perfecto, cintura estrecha. Pero crecía y nunca me vi así, ni parecido. Yo era de esas que pasan desapercibidas en un grupo, de las que solo se comenta los kilos que podría adelgazar o cómo debería de llevar el pelo. Ahora sé que todo eso me marcó mucho, más de lo que debería.
Ahora, tras una decena de médicos y psiquiatras me he encontrado con la primera frase con al menos un ápice de apoyo real: "tú no eres anoréxica, eres Lucía y padeces anorexia, junto a otro millón de características". Esto cambió mi perspectiva del tema. Quizás algún día pueda llegar a encontrarme siempre bien; quizás pueda volver a mirarme en los espejos, ahora todos tapados o desmontados en mi casa; quizás ya no tenga que encerrarme en una habitación después de comer para evitar que vaya al baño; quizás algún día miraré a los sacapuntas como un instrumento sólo y exclusivamente de dibujo. Quizás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario